abril 27, 2018

Antes había sido una fábrica de barcos. Luego, molino de harina. Después, una pescadería. Y hasta un salón de baile. Pero desde mediados de 2014, la casona ubicada en el 1120 de la calle Júlio de Castilhos, en Guaíba, Estado de Río Grande do Sul, en Brasil, es una fábrica de música, en realidad, una fábrica de gaiteros.
La gaita (similar al acordeón) es parte de la historia cultural del sur de Brasil y casi un órgano vital para los gauchos.

Uno de ellos, Renato Borghetti, llevaba cerca de 30 años deleitando con su talento a quien tuviera la suerte de escucharlo cuando se dio cuenta que su pasión podía desaparecer. Cada vez aparecían menos gaiteros y cada vez las gaitas estaban más caras.

Borghetti y CMPC, a través de Celulosa Riograndense, armonizaron y apostaron por componer una desafiante partitura.

Con madera certificada de eucalipto se comenzaron a producir decenas de gaitas, listas para ser tocadas por los gaiteros que “producía” la fábrica de calle Júlio de Castilhos.

Había un requisito, los intérpretes debían ser niños, de entre 7 y 15 años, para asegurarse que la tradición se alargara.

Hoy ya son decenas los alumnos, que han pasado por la fábrica, que, tal como dice Borghetti, no es una fábrica de gaitas, sino que una de gaiteros.